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sábado, 12 de diciembre de 2009

Últimos estudios del cerebro constatan que "del amor al odio hay sólo un paso"

La frase "del amor al odio hay sólo un paso" cuenta con una base científica, fruto de una serie de estudios neurológicos que se han ido llevando a cabo en la última década y que han demostrado que hay zonas del cerebro que se activan tanto si la persona experimenta sentimientos de amor como de odio.

En concreto, la zona cerebral denominada ínsula, relacionada con las emociones primarias, permanece en activo al amar y al odiar, según ha explicado en una conferencia en Málaga la profesora de Psicobiología de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Pilar Casado.

Del mismo modo, "perder la cabeza" por amor tendría su justificación científica, ya que hay determinadas zonas del cerebro que se desactivan cuando una persona demuestra su cariño a otra, y están relacionadas con aquellas áreas donde se producen los juicios sociales y morales y el razonamiento.

Estas investigaciones han sido posibles gracias a la utilización de técnicas de neuroimagen que escanean el cerebro, lo que indican en qué zonas se está dando actividad y en cuáles no y "nos explican cuándo pasan cosas en nuestro cerebro", ha precisado Casado, que ha desechado la idea de que el funcionamiento de la mente se limite en exclusiva a procesos cognitivos.

Otros experimentos en la materia se han centrado en la admiración y la compasión, y los resultados han arrojado que cuando estas emociones están vinculadas a algún factor físico, como admirar la belleza de alguien, activan zonas diferentes del cerebro que cuando están relacionadas con un factor psicológico, como sería sentir pena por una persona a la que han echado del trabajo.

Esta diferencia de funcionamiento del cerebro respecto a si la admiración o la compasión se produce por algo físico o psicológico indica, según Casado, que el cerebro "cuenta con el sustrato biológico de haz a los demás lo que quieres que hagan contigo".

Siguiendo con las emociones primarias, otras investigaciones han decidido centrarse en el miedo, y se han obtenido resultados que indican que el cerebro de una persona reacciona cuando ve una expresión de miedo en la cara de otra persona, algo que se produce en muchas ocasiones de forma subconsciente.

lunes, 12 de enero de 2009

Cada vez falta menos para encontrar la píldora definitiva del amor

Un científico de la Universidad de Atlanta, EE UU, asegura que el amor es una droga. En artículo publicado en la revista Nature, el profesor Larry Young describe como el amor se puede explicar como una serie de procesos neuroquímicos que se dan en áreas específicas del cerebro.

Según se puede leer en la página web BBC Mundo, las ostras y el chocolate, entre otros afrodisíacos, dejarían paso a los afrodisíacos químicos que harían que nos enamorásemos instantáneamente.

Por eso, este científico asegura que hay otras sustancias químicas capaces de fortalecer ese vínculo que todavía están por descubrir. "Estoy seguro de que esto es sólo el principio", asegura Young. "Hay cientos de moléculas de señalización que actúan en áreas diferentes del cerebro".

Manipulación

"Creo que algún día entenderemos mejor cómo interactúan todas esas sustancias químicas en áreas especificas del cerebro que tienen la función de hacer surgir esas emociones complejas", explica Young.

De esta manera, si el amor es una complicada reacción química podría ser manipulada fácilmente. "La oxitocina agudiza la visión y aumenta nuestra habilidad de reconocer emociones en otros", explica. "Podría mejorar nuestra habilidad para formar relaciones, así que existe la posibilidad de que la oxitocina sea usada junto con terapias matrimoniales para devolver la chispa a una relación".

Actualmente existen en el mercado diferentes perfumes que contienen oxitocina aunque según el profesor Young los niveles de esta sustancia son demasiados bajos para que funcionen realmente como afrodisíaco. "Creo que en futuro podremos desarrollar fármacos que afectarán a ciertas áreas del cerebro para estimular el amor".

domingo, 28 de diciembre de 2008

Último minuto de 2008 trae líos científicos

El conteo final del año que termina tendrá 61 segundos, para corregir una pequeña anomalía entre los relojes atómicos y el tiempo astronómico, basado en la rotación de la Tierra.

Los segundos intercalares se utilizan para mantener alineado el Tiempo Universal Coordinado (UTC) con las escalares astronómicas variables GMT y el Horario Universal (UTI).

Pero la Unión Internacional de Telecomunicaciones ha propuesto abolir esos segundos intercalares y añadir a cambio una hora cada seiscientos años aproximadamente, informa el semanario New Scientist.

Ello tendría importantes repercusiones para el Reino Unido ya que la hora referida al meridiano de Greenwich (GMT) perdería su actual estatus internacional como la zona donde la hora local coincide con la hora universal por la que se regulan todos los relojes.

Esa zona de hora o tiempo universal se iría desplazando al oriente hacia París durante cientos de años antes de volver otra vez a Greenwich, localidad próxima a Londres.

El cambio propuesto significaría también que por primera vez la hora oficial no estaría vinculada a la rotación astronómica de la Tierra. En vez de que los segundos, los minutos y las horas se regulen por el tiempo de rotación de la Tierra, se medirían exclusivamente de acuerdo con las oscilaciones de átomos de cesio.

"Ese cambio tendría profundas implicaciones culturales", señala Robert Massey, de la Royal Astronomical Society de Gran Bretaña.

También tendría implicaciones para los astrónomos, que tendrían que modificar el software operativo de sus telescopios.

El tiempo se calcula actualmente de diversos modos: hasta 1972 se hacía con referencia al GMT, es decir el tiempo solar medio en el Observatorio Real de Greenwich.

El Horario Universal (UTI) es una versión moderna del GMT, que se calcula dividiendo una rotación de la Tierra en 86.400 segundos.

Pero el planeta se está desacelerando gradualmente, por lo cual en 1972 se adoptó un nuevo estándar, basado en relojes atómicos de alta precisión.

El Tiempo Atómico Internacional (siglas en inglés: TAI, del que es responsable la Oficina Internacional de Pesos y Medidas de París, define actualmente un segundo como equivalente a 9.192,631.770 oscilaciones de un átomo de cesio-133.

En 1972 se añadieron diez segundos intercalares al UTC y desde entonces se han añadido otros veintitrés segundos, la última vez a finales del 2005.